
Como en gran parte de la suma de anécdotas trascendentes que uno gesta en su juventud, ya sea, por el influjo “hollywoodense” o, por lo inhibido que uno estaba educado esos días para comportarse como cotidianamente lo hacia en su niñez, llovía.
Era día Sábado, y debía cumplir mi compromiso “si o si”. Tome el metro, luego de una ardua caminata, poco agradable, que me acerco al primer vehiculo “troncal” como extrañamente lo embelleció en su nombramiento el cuestionado grupo de “excelentes” ingenieros del transantiago.
En pleno metro, me di cuenta que mi voluntad debía ser valorada, solamente estaba un par de trabajadores animosos, y el típico joven que luego de varios “after hour”, había optado inconcientemente por hospedarse un par de horas, para dormir placidamente la “siesta reponedora”.
Me senté junto a los trabajadores y me propuse intentar calmar la ansiedad que llevaba, escuchando sus historias, que siendo las situaciones mas simples y cotidianas, las hacen divertidas. Auxiliaba mucho el silbido de la lluvia, que desde que tengo memoria me debilitaba tanto, que pasara lo que pasara, me hacia dormir al instante.
Aquel día tan singular para recorrer Santiago, para mi era perfecto, cada vez que pasaban estaciones encontraba mas inentendible la opinión que tienen acá los santiaguinos, que si les preguntas ¿Juntémonos hoy?, te responden “No, esta muy feo”.
Paso la hora característica que tengo que esperar, vaya donde vaya, al tener el hogar en el lugar mas extremo de la capital, y me baje en la estación que me habían indicado. Recordé el consejo de esperar ahí, pero al tener en mi memoria la información, de que el edificio quedaba justo fuera de la estación, realice la acción más típica de alguien que no tiene un razonamiento erudito de los actos que realiza, Salí.
Al subir, me encontré con mas de un edificio “al frente” de la estación, por lo que preferí caminar, como si fuese el día mas soleado de Febrero. Seguí sin tener la mínima idea de lo que estaba haciendo, por lo que en el acto más “inteligente” que tuve en horas, me acerco a un teléfono publico para intentar comunicarme con la persona. Escudriñe en los empapados pantalones, y gracias a la suerte que me acompaña, había una “Gabriela”, dos “Arturos”, un par de monedas del mismo valor de las que necesitaba, aunque estas eran pequeñas y honraban a los pueblos originarios, pero nada del escudo patrio, era como si el pudù y el cóndor quisieran burlarse de lo ridículo que me veía regado, y se habían escondido en algún lugar de mi pantalón.
En la desesperación de mi mala suerte, veo que en la esquina de un edificio rojizo hay una pareja, igual de empapados, gestando instantáneamente una cercanía para aproximarme y pedirles el cambio de mi moneda por una que sirviera. Le pregunte si tenían cambio, y no me respondieron nada. Solo sonreían de una forma, un poco irritable para mí, como si tuviese tatuado en el rostro una “faringo-amigdalitis” y quisieran colorear los bordes.
Comienzan a responderme en un idioma inentendible, era una mezcla de discurso “stalinista”, y la voz típica de los juegos mattel, que intentan enseñar vocalizar a los niños, pero los deja hablando con un acento raro y instruyen con frases tan inauditas como “Maria baila salsa”.
Mi idea era conseguir la moneda “salvadora”, pero termine siendo el nuevo guía del SERNATUR, que por amor al arte, tuvo que explicar como llegar al drugstore de Providencia, sin tener la mínima idea de donde queda.
Estuve más de quince minutos dilucidando el lugar que buscaban, hasta que opte por caminar unos minutos junto a ellos, por si encontraba el antro “pelolais”, que tanto deseaban conocer.
Acertamos el lugar, se despidieron amistosamente con su castellano ininteligible, y me devolví al teléfono público pasando por alto el hecho de que no conseguí el cambio de monedas. Vencido me senté, al rato me llego un mensaje señalándome que me esperaba desde la hora establecida en la estación de metro y que estaba intentando ubicarme, sin conseguirlo.
Como menciona la hermosa canción de Jorge Drexler “En esta orilla del mundo lo que no es presa, es baldío”, sufrí bastantes inconvenientes, que luego de un tiempo se convirtieron en recuerdos enternecedores. La gran capital se antojó aquel día de concederme una anécdota que un día lluvioso como hoy aparece sin que me esfuerce. El edificio quedaba justo a la salida de un metro, era inmenso y rojizo. Todo era tan simple de dilucidar, que agradable fue complicarme la existencia.
Generemos política…ahora.
¿Qué tiene que ver esto con política?, nada.
Era día Sábado, y debía cumplir mi compromiso “si o si”. Tome el metro, luego de una ardua caminata, poco agradable, que me acerco al primer vehiculo “troncal” como extrañamente lo embelleció en su nombramiento el cuestionado grupo de “excelentes” ingenieros del transantiago.
En pleno metro, me di cuenta que mi voluntad debía ser valorada, solamente estaba un par de trabajadores animosos, y el típico joven que luego de varios “after hour”, había optado inconcientemente por hospedarse un par de horas, para dormir placidamente la “siesta reponedora”.
Me senté junto a los trabajadores y me propuse intentar calmar la ansiedad que llevaba, escuchando sus historias, que siendo las situaciones mas simples y cotidianas, las hacen divertidas. Auxiliaba mucho el silbido de la lluvia, que desde que tengo memoria me debilitaba tanto, que pasara lo que pasara, me hacia dormir al instante.
Aquel día tan singular para recorrer Santiago, para mi era perfecto, cada vez que pasaban estaciones encontraba mas inentendible la opinión que tienen acá los santiaguinos, que si les preguntas ¿Juntémonos hoy?, te responden “No, esta muy feo”.
Paso la hora característica que tengo que esperar, vaya donde vaya, al tener el hogar en el lugar mas extremo de la capital, y me baje en la estación que me habían indicado. Recordé el consejo de esperar ahí, pero al tener en mi memoria la información, de que el edificio quedaba justo fuera de la estación, realice la acción más típica de alguien que no tiene un razonamiento erudito de los actos que realiza, Salí.
Al subir, me encontré con mas de un edificio “al frente” de la estación, por lo que preferí caminar, como si fuese el día mas soleado de Febrero. Seguí sin tener la mínima idea de lo que estaba haciendo, por lo que en el acto más “inteligente” que tuve en horas, me acerco a un teléfono publico para intentar comunicarme con la persona. Escudriñe en los empapados pantalones, y gracias a la suerte que me acompaña, había una “Gabriela”, dos “Arturos”, un par de monedas del mismo valor de las que necesitaba, aunque estas eran pequeñas y honraban a los pueblos originarios, pero nada del escudo patrio, era como si el pudù y el cóndor quisieran burlarse de lo ridículo que me veía regado, y se habían escondido en algún lugar de mi pantalón.
En la desesperación de mi mala suerte, veo que en la esquina de un edificio rojizo hay una pareja, igual de empapados, gestando instantáneamente una cercanía para aproximarme y pedirles el cambio de mi moneda por una que sirviera. Le pregunte si tenían cambio, y no me respondieron nada. Solo sonreían de una forma, un poco irritable para mí, como si tuviese tatuado en el rostro una “faringo-amigdalitis” y quisieran colorear los bordes.
Comienzan a responderme en un idioma inentendible, era una mezcla de discurso “stalinista”, y la voz típica de los juegos mattel, que intentan enseñar vocalizar a los niños, pero los deja hablando con un acento raro y instruyen con frases tan inauditas como “Maria baila salsa”.
Mi idea era conseguir la moneda “salvadora”, pero termine siendo el nuevo guía del SERNATUR, que por amor al arte, tuvo que explicar como llegar al drugstore de Providencia, sin tener la mínima idea de donde queda.
Estuve más de quince minutos dilucidando el lugar que buscaban, hasta que opte por caminar unos minutos junto a ellos, por si encontraba el antro “pelolais”, que tanto deseaban conocer.
Acertamos el lugar, se despidieron amistosamente con su castellano ininteligible, y me devolví al teléfono público pasando por alto el hecho de que no conseguí el cambio de monedas. Vencido me senté, al rato me llego un mensaje señalándome que me esperaba desde la hora establecida en la estación de metro y que estaba intentando ubicarme, sin conseguirlo.
Como menciona la hermosa canción de Jorge Drexler “En esta orilla del mundo lo que no es presa, es baldío”, sufrí bastantes inconvenientes, que luego de un tiempo se convirtieron en recuerdos enternecedores. La gran capital se antojó aquel día de concederme una anécdota que un día lluvioso como hoy aparece sin que me esfuerce. El edificio quedaba justo a la salida de un metro, era inmenso y rojizo. Todo era tan simple de dilucidar, que agradable fue complicarme la existencia.
Generemos política…ahora.
¿Qué tiene que ver esto con política?, nada.

gonzalo baila salsa XD
ResponderEliminarSaludos!