
Hace un par de noches, conversando con mi Hermana mayor y su pareja, me preguntaron, cual era el recuerdo de niñez que mas atesoraba. Yo siempre cuento el mismo.
Soy, quizás, uno de los pocos hombres, que debe reconocer que la persona que me enseño a jugar futbol, fue mi madre.
Que espinoso exhibir que el arte machista por excelencia, entro en mi vida, por una mujer de taco, con un pañuelo “chic” en el cuello. Es casi tan ilógico como reconocer que cuando pequeño si te ofrecían que querías merendar, en vez de chillar “papas fritas”, señalara coliflor.
Recuerdo que llego de su trabajo a compartir con el hijo enfermizo.
Yo llevaba meses sin poder levantarme de mi cama por una deficiencia pulmonaria de nacimiento y por los problemas que esto de estar acostado le había ocasionado a mis rodillas.
Mi madre se trajo comida, en la típica bandeja, que tenía unas flores ultra siúticas en su base, y se sentó a mi lado en la cabecera de la cama. Mientras almorzaba revisaba un conjunto de cartas, pero yo siempre quedaba deslumbrado al verla comer. Siempre de una forma tan femenina y cuidadosa, que hasta el día de hoy es siempre un deleite acompañar alguna comida junto a ella.
Me comenzó a preguntar si había hecho mis tareas, si le pregunte a la nana como estaba su familia, si había intentado caminar un poco, por lo menos, para ver a los perros. Si hice los ejercicio que me había aconsejado el Medico, Si estuve con mi hermana pequeña, que siendo el ser mas hiperactivo de la casa, mas que los perros, chanchos, gallinas y toda el arca, debía estar, desde que tengo uso de razón, a mi cuidado.
A todo le respondí que no, que estaba desolado, que quería levantarme, que añoraba tener amigos, que me llevara donde cualquier mago, como los que uno ve en las películas, y sanara mi cuerpo.
Ella se fue sin responder a mi petición.
Volvió a los pocos minutos y me dijo que me vistiera, que inhalara los remedios que me receto el medico y que no dijera una palabra, por que cualquier cosa que saliera de mi boca, podía producir en ella un arrepentimiento.
Me levante sin recordar el problema a mis rodillas, me vestí con tanta exaltación, que siempre me recuerdan que me puse los pantalones al revés, sin advertirlo en ningún instante.
Salimos al jardín y me pregunto que quería hacer. Como cualquier niño de cinco años, le dije que quería aprender a jugar futbol.
Se sonrojo, y fue a buscar la única pelota que había en el hogar (perteneciente a mi padre), ya que estaba explícitamente impuesto, que no se me realizaran regalos que tuviesen la minima actividad física en su ejercicio. Era tan vieja y gastada la pelota, que siempre me divertía al no poder emplearla normalmente, como todos los niños, a sacarle los cascos, uno por uno.
Comencé a “chutar” el balón, naciendo en aquel instante uno de los mayores vicios primitivos e inexplicables del hombre y mi mama corría con sus tacos tras ella. Parecía un poodle, con los pequeños pasos en puntas que daba.
Así estuvimos toda la tarde jugando. Eso si, paramos en muchas ocasiones, según me recuerda, por que me ahogaba y comenzaba a respirar exhibiendo un ruido en mi pecho parecido al de “patan”.
Cuando terminamos, me acerque a ella y le di las gracias, que siempre me enseño a emplear en forma de respeto, y le dije que jamás olvidaría este día. Y así fue.
Así es ella. Así somos por ella.
Jamás tuve la posibilidad de distinguir “aquellas regalías que algunos poseyeron por ser varones”. Desde que tengo uso de razón, tuve que limpiar cada cosa que utilizaba y preocuparme de mis hermanas cuando tuvieran aflicciones, que desde la pubertad, naturalmente fueron en aumento.
Si me dieran cien pesos por cada vez que escuche “yo no voy a tener un hijo primitivo que solo sabe trabajar y dormir”, cuando mostraba espasmos de instaurar la republica machista en mi hogar, seria por fallo fotográfico, un millonario.
Ella es la mayor de cuatro hermanos, siempre se destaco, según cuentan cercanos, por su cortesía para relacionarse con las personas, sus notas y la femineidad que impregno en cada acción ejercida.
Los estudios superiores los realizo en la Universidad de Valdivia, donde asistió a niños de escasos recursos, cursando la carrera de educación diferencial.
Luego de algunos años dejaría tal labor, por un amor prohibido.
Son muchas las anécdotas e historias que he escuchado de ella, pero es irrelevante comentar la mayoría, ya que son recuerdos que quiero atesorarlos subrepticiamente.
Solo quiero dedicarte nuevamente, ya que quizás no lo recuerdas, aquel poema que te leí de Ramón Ángel Lara frente a mi curso, en la escuela, en castellano, y que tanto te emociono, como siempre.
Ojala que tu mirada cansada y tú voz que en ocasiones se deja llevar por el tiempo lo lea en voz alta como siempre lo hacías en los cumpleaños familiares para enorgullecerte de tu hijo, como si lo hubiese creado yo.
Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que siendo joven, tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez trabaja con el vigor de la juventud; una mujer, que si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida, se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama, y siendo rica daría con gusto su tesoro por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo vigorosa se estremece con el llanto de un niño, y siendo débil se reviste con la bravura de un león; una mujer que mientras viva, no la sabremos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.
De esta mujer no me exijáis el nombre, sino queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque ya la vi pasar en mi camino.
Cuando crezcan vuestros hijos, leedles esta página y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí, para vos y para ellos, un boceto del retrato de su madre.
Soy, quizás, uno de los pocos hombres, que debe reconocer que la persona que me enseño a jugar futbol, fue mi madre.
Que espinoso exhibir que el arte machista por excelencia, entro en mi vida, por una mujer de taco, con un pañuelo “chic” en el cuello. Es casi tan ilógico como reconocer que cuando pequeño si te ofrecían que querías merendar, en vez de chillar “papas fritas”, señalara coliflor.
Recuerdo que llego de su trabajo a compartir con el hijo enfermizo.
Yo llevaba meses sin poder levantarme de mi cama por una deficiencia pulmonaria de nacimiento y por los problemas que esto de estar acostado le había ocasionado a mis rodillas.
Mi madre se trajo comida, en la típica bandeja, que tenía unas flores ultra siúticas en su base, y se sentó a mi lado en la cabecera de la cama. Mientras almorzaba revisaba un conjunto de cartas, pero yo siempre quedaba deslumbrado al verla comer. Siempre de una forma tan femenina y cuidadosa, que hasta el día de hoy es siempre un deleite acompañar alguna comida junto a ella.
Me comenzó a preguntar si había hecho mis tareas, si le pregunte a la nana como estaba su familia, si había intentado caminar un poco, por lo menos, para ver a los perros. Si hice los ejercicio que me había aconsejado el Medico, Si estuve con mi hermana pequeña, que siendo el ser mas hiperactivo de la casa, mas que los perros, chanchos, gallinas y toda el arca, debía estar, desde que tengo uso de razón, a mi cuidado.
A todo le respondí que no, que estaba desolado, que quería levantarme, que añoraba tener amigos, que me llevara donde cualquier mago, como los que uno ve en las películas, y sanara mi cuerpo.
Ella se fue sin responder a mi petición.
Volvió a los pocos minutos y me dijo que me vistiera, que inhalara los remedios que me receto el medico y que no dijera una palabra, por que cualquier cosa que saliera de mi boca, podía producir en ella un arrepentimiento.
Me levante sin recordar el problema a mis rodillas, me vestí con tanta exaltación, que siempre me recuerdan que me puse los pantalones al revés, sin advertirlo en ningún instante.
Salimos al jardín y me pregunto que quería hacer. Como cualquier niño de cinco años, le dije que quería aprender a jugar futbol.
Se sonrojo, y fue a buscar la única pelota que había en el hogar (perteneciente a mi padre), ya que estaba explícitamente impuesto, que no se me realizaran regalos que tuviesen la minima actividad física en su ejercicio. Era tan vieja y gastada la pelota, que siempre me divertía al no poder emplearla normalmente, como todos los niños, a sacarle los cascos, uno por uno.
Comencé a “chutar” el balón, naciendo en aquel instante uno de los mayores vicios primitivos e inexplicables del hombre y mi mama corría con sus tacos tras ella. Parecía un poodle, con los pequeños pasos en puntas que daba.
Así estuvimos toda la tarde jugando. Eso si, paramos en muchas ocasiones, según me recuerda, por que me ahogaba y comenzaba a respirar exhibiendo un ruido en mi pecho parecido al de “patan”.
Cuando terminamos, me acerque a ella y le di las gracias, que siempre me enseño a emplear en forma de respeto, y le dije que jamás olvidaría este día. Y así fue.
Así es ella. Así somos por ella.
Jamás tuve la posibilidad de distinguir “aquellas regalías que algunos poseyeron por ser varones”. Desde que tengo uso de razón, tuve que limpiar cada cosa que utilizaba y preocuparme de mis hermanas cuando tuvieran aflicciones, que desde la pubertad, naturalmente fueron en aumento.
Si me dieran cien pesos por cada vez que escuche “yo no voy a tener un hijo primitivo que solo sabe trabajar y dormir”, cuando mostraba espasmos de instaurar la republica machista en mi hogar, seria por fallo fotográfico, un millonario.
Ella es la mayor de cuatro hermanos, siempre se destaco, según cuentan cercanos, por su cortesía para relacionarse con las personas, sus notas y la femineidad que impregno en cada acción ejercida.
Los estudios superiores los realizo en la Universidad de Valdivia, donde asistió a niños de escasos recursos, cursando la carrera de educación diferencial.
Luego de algunos años dejaría tal labor, por un amor prohibido.
Son muchas las anécdotas e historias que he escuchado de ella, pero es irrelevante comentar la mayoría, ya que son recuerdos que quiero atesorarlos subrepticiamente.
Solo quiero dedicarte nuevamente, ya que quizás no lo recuerdas, aquel poema que te leí de Ramón Ángel Lara frente a mi curso, en la escuela, en castellano, y que tanto te emociono, como siempre.
Ojala que tu mirada cansada y tú voz que en ocasiones se deja llevar por el tiempo lo lea en voz alta como siempre lo hacías en los cumpleaños familiares para enorgullecerte de tu hijo, como si lo hubiese creado yo.
Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que siendo joven, tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez trabaja con el vigor de la juventud; una mujer, que si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida, se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama, y siendo rica daría con gusto su tesoro por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo vigorosa se estremece con el llanto de un niño, y siendo débil se reviste con la bravura de un león; una mujer que mientras viva, no la sabremos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.
De esta mujer no me exijáis el nombre, sino queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque ya la vi pasar en mi camino.
Cuando crezcan vuestros hijos, leedles esta página y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí, para vos y para ellos, un boceto del retrato de su madre.

