
Era Marzo, primer año de Universidad y me encontraba en una mas de las tediosas clases de Introducción a la Ciencia Política. Estaba en la disyuntiva de seguir sosegado escuchando teorías de Easton, Sartori o Bobbio, o salir al patio, a conversar con el grupito rebelde que jamás entro a clases, ya que solo con la presentación de la profesora innombrable, ya que hasta su nombre propagaba hastío, sintieron que la politologìa no era lo suyo. Mi determinación fue la de cualquier mortal de primer año. Salir en el instante que observara desprevenida a la profesora. Al levantarme de mi asiento, me di cuenta, que uno de mis mayores problemas con la educación universitaria era con sus sillas. Era tanto lo que me costo despegarme del asiento, por lo gruesa de mi contextura, que todo el curso supo, junto con la profesora, de mi interés de retirarme de la sala. Al sentirme subyugado de mi necesidad por parte de compañeros, profesora y silla, retire mi insistencia, pero ya todo intento de olvidar el percance era muy tarde.
La profesora, en su típico gesto malévolo y autoritario, me invito a pasar adelante. Comenzó a realizarme una serie de preguntas concernientes a los textos que había exigido para la cátedra de aquel día. Respondí cada una de sus preguntas, con el típico nerviosismo que caracteriza a un estudiante que sabe que el mínimo error causaría el sonido mas incomodo de parte de mis compañeros y la sonrisa irónica, más ferviente de la profesora; y por supuesto, la silla.
La profesora, al no conseguir su finalidad, de demostrarle al curso, que cualquier incomodidad que le presentáramos en su clase, se pagaría con la más cruda degradación, me encomendó la misión de que en la próxima cátedra, dos días después de aquel fatídico día, presentara frente al curso, un ensayo del texto “Orientalismo” de Edward Said.
Dentro de la ignorancia que tenía del autor, y aun más del libro, partí a una biblioteca a adquirirlo. Al ver la cuantía de hojas que tenia, me di cuenta que la pelea habría de concluirse por knockout a favor de ella, el día de mi presentación. Tuve que enclaustrar mi cabeza desproporcionada a leer el libro, mientras mis compañeros asistían a cuanta fiesta mechona aparecia en su camino. Fueron largas cuatro horas para concluir con la exigencia de la profesora. Terminando de digerir lo que había entendido del texto, me di cuenta que había disfrutado cada pasaje de la lectura.
Llegue temprano a clases aquel día. Comencé a leer mi ensayo y note en el rostro de la profesora que ella sentia haber encontrado en su peor enemigo, hasta entonces, su mas ferviente camarada, para las futuras discusiones de introducción. Desde aquel castigo comencé a apasionarme de forma constante por mi carrera, logrando algunos resultados destacables. Quizás no sea tan básico y enfermizamente cursi lo que señalan las tarjetas village. “El amor para ser tal, lleva consigo constancia y castigo, no te rindas”, luciendo en la tapa una gatita golpeando con un libro a un perro enamorado. Yo encontré en aquel libro, el mejor de mis castigos y uno de mis más profundos amores que hasta hoy permanecen constantes. La política.
El texto: Edward Said es uno de los intelectuales más influyentes que tuvo el mundo durante el siglo XX. En su texto Orientalismo, difunde una realidad muy poco analizada en Occidente. Se ha generado un discurso político, el cual señala que toda conducta disímil o práctica que no se encuentre dentro de la “moral” occidental, es reprochada con el nombre de orientalista. Este discurso, el cual, introduce en un mismo saco religioso y social a todos los países de oriente y Asia, ha generado la oportunidad para que las potencias políticas y bélicas occidentales, tengan la justificación de introducirse ilegalmente en sus territorios y ultrajar la soberanía de muchas naciones al otro lado del orbe, con la idea mediática de entregar la libertad y democracia, sin respetar sus diferentes perspectivas de visión polìtica.