lunes, 22 de junio de 2009

El primer round.


Desde muy pequeño, fui un niño que tenia un interés “magnánimo” en practicar actividades inusuales. Mientras mis compañeros compraban el ultimo balón de moda para jugar fútbol, yo escogí dedicar algunos años de mi vida, con el repudio explicito cotidiano de mi madre, en practicar boxeo. Al ser un joven bastante hiperactivo, siempre busque algún deporte que ocupara la mayor cantidad de energía, ya que, al pasar tantos años de la vida postrado a una cama, por tener un pulmón defectuoso, creo que lo mínimo que podía hacer, después de perder mis primeros años de niñez, sin poder siquiera correr a la esquina a comprar alguna golosina, era practicar la actividad que yo sintiera que fuese para mi, y eso hice.
Todavía recuerdo lo regocijador que fue llegar a una escuela nueva, con una timidez pavorosa, compañeros fastidiosos y, que la profesora al exhibirme al curso exteriorizara “Su nuevo compañerito es muy buen alumno y practica box”. Esa frase tan insignificante, genero una “primavera de Praga” substancial para mi. Mientras no se conociera que simplemente era un niño introvertido, por culpa de lo anti- social de sus primeros años académicos, que los realizo con su madre como profesora, tuve una tregua con mi estadía escolar, por el respeto que les generaba a mis compañeros, la actividad “violenta” que ejercía en mis ratos libres.
Al tiempo de conocerme, se supo en mi escuela, que no poseía las minúsculas condiciones para adquirir el papel del “matón”, por lo que la pausa benedittiana se acabo con un solo “puñete” de un compañero, que al juzgar que le había robado su liquid paper, no encontró mejor solución a mi hurto, que multarme con su insignificante, pero punzante trompazo. Que le costaba entender que dentro del sistema mixto que vivimos durante el último siglo, los mercados conceden productos en cantidades, según necesidades, y su corrector líquido era la misma marca y modelo, pero no el mismo. ¿Era tan difícil advertir por aquel niño de siete años, un principio básico de la economía actual?
Aquel puñete no solo causo que la popularidad se me fuese al suelo, al igual que mi cuerpo al no atender lo que se venia luego de la furia de mi compañero; sino que genero una constante practica de lo cultivado, de forma obligada, por lo irritante de mis compañeros, lo que concluyo inhabilitándome, por mi padre, a seguir practicando box, creyendo que yo era el causante de todas las trifulcas, como si el jamás fue niño, además de nuevo en una escuela, tímido, y con mucha “colación suculenta” de una hermosa madre sobre protectora.
Durante el tiempo que practique mi actividad, tuve como único combate “por los puntos”, aquel puñete por la conservación de mi corrector. Si hoy retornara a la acción, aparecería en mi presentación que tengo una derrota y una victoria. Esta ultima, a un payaso de plástico, que al inflarse se movía de forma constante mientras uno lo apaleaba, siempre volviendo a su centro, pero que de tanto retozar, un día se desinflo, concediéndome la victoria añorada.

Los recuerdos de la niñez son atesorados como aspirinas metafísicas, que te alejan de la cotidianidad adulta, por momentos tediosa, y te hace suplicar volver a vivir, sea por un instante, en mi caso, aquel lapso de mi primer y único round, donde todavía creía, que aprendiendo aquel arte del boxeo, estaría mas cerca del trabajo al que aspiraba en mis sueños. El ser el mejor superhéroe.

Generemos política…ahora.

lunes, 15 de junio de 2009

La gran capital.


Como en gran parte de la suma de anécdotas trascendentes que uno gesta en su juventud, ya sea, por el influjo “hollywoodense” o, por lo inhibido que uno estaba educado esos días para comportarse como cotidianamente lo hacia en su niñez, llovía.
Era día Sábado, y debía cumplir mi compromiso “si o si”. Tome el metro, luego de una ardua caminata, poco agradable, que me acerco al primer vehiculo “troncal” como extrañamente lo embelleció en su nombramiento el cuestionado grupo de “excelentes” ingenieros del transantiago.
En pleno metro, me di cuenta que mi voluntad debía ser valorada, solamente estaba un par de trabajadores animosos, y el típico joven que luego de varios “after hour”, había optado inconcientemente por hospedarse un par de horas, para dormir placidamente la “siesta reponedora”.
Me senté junto a los trabajadores y me propuse intentar calmar la ansiedad que llevaba, escuchando sus historias, que siendo las situaciones mas simples y cotidianas, las hacen divertidas. Auxiliaba mucho el silbido de la lluvia, que desde que tengo memoria me debilitaba tanto, que pasara lo que pasara, me hacia dormir al instante.
Aquel día tan singular para recorrer Santiago, para mi era perfecto, cada vez que pasaban estaciones encontraba mas inentendible la opinión que tienen acá los santiaguinos, que si les preguntas ¿Juntémonos hoy?, te responden “No, esta muy feo”.
Paso la hora característica que tengo que esperar, vaya donde vaya, al tener el hogar en el lugar mas extremo de la capital, y me baje en la estación que me habían indicado. Recordé el consejo de esperar ahí, pero al tener en mi memoria la información, de que el edificio quedaba justo fuera de la estación, realice la acción más típica de alguien que no tiene un razonamiento erudito de los actos que realiza, Salí.
Al subir, me encontré con mas de un edificio “al frente” de la estación, por lo que preferí caminar, como si fuese el día mas soleado de Febrero. Seguí sin tener la mínima idea de lo que estaba haciendo, por lo que en el acto más “inteligente” que tuve en horas, me acerco a un teléfono publico para intentar comunicarme con la persona. Escudriñe en los empapados pantalones, y gracias a la suerte que me acompaña, había una “Gabriela”, dos “Arturos”, un par de monedas del mismo valor de las que necesitaba, aunque estas eran pequeñas y honraban a los pueblos originarios, pero nada del escudo patrio, era como si el pudù y el cóndor quisieran burlarse de lo ridículo que me veía regado, y se habían escondido en algún lugar de mi pantalón.
En la desesperación de mi mala suerte, veo que en la esquina de un edificio rojizo hay una pareja, igual de empapados, gestando instantáneamente una cercanía para aproximarme y pedirles el cambio de mi moneda por una que sirviera. Le pregunte si tenían cambio, y no me respondieron nada. Solo sonreían de una forma, un poco irritable para mí, como si tuviese tatuado en el rostro una “faringo-amigdalitis” y quisieran colorear los bordes.
Comienzan a responderme en un idioma inentendible, era una mezcla de discurso “stalinista”, y la voz típica de los juegos mattel, que intentan enseñar vocalizar a los niños, pero los deja hablando con un acento raro y instruyen con frases tan inauditas como “Maria baila salsa”.
Mi idea era conseguir la moneda “salvadora”, pero termine siendo el nuevo guía del SERNATUR, que por amor al arte, tuvo que explicar como llegar al drugstore de Providencia, sin tener la mínima idea de donde queda.
Estuve más de quince minutos dilucidando el lugar que buscaban, hasta que opte por caminar unos minutos junto a ellos, por si encontraba el antro “pelolais”, que tanto deseaban conocer.
Acertamos el lugar, se despidieron amistosamente con su castellano ininteligible, y me devolví al teléfono público pasando por alto el hecho de que no conseguí el cambio de monedas. Vencido me senté, al rato me llego un mensaje señalándome que me esperaba desde la hora establecida en la estación de metro y que estaba intentando ubicarme, sin conseguirlo.
Como menciona la hermosa canción de Jorge Drexler “En esta orilla del mundo lo que no es presa, es baldío”, sufrí bastantes inconvenientes, que luego de un tiempo se convirtieron en recuerdos enternecedores. La gran capital se antojó aquel día de concederme una anécdota que un día lluvioso como hoy aparece sin que me esfuerce. El edificio quedaba justo a la salida de un metro, era inmenso y rojizo. Todo era tan simple de dilucidar, que agradable fue complicarme la existencia.

Generemos política…ahora.

¿Qué tiene que ver esto con política?, nada.

Sennett al plato.


Señalan utópicamente algunos, que la política tiene elementos altruistas, herméticos cualitativamente.
Siempre tengo presente como cualquier estudiante de politologìa, lo que te enseñan bíblicamente en clases, cuando el profesor señala que todos los que piensan que las motivaciones confesadas por un candidato o que llevan al votante a tomar la medida que plasma en su papeleta, eran manifestaciones del corazón, se echaba el ramo, pero con palabras un poco más violentas.
Siempre las acciones políticas son razonamientos individualistas, gestando a mi parecer un vació entre vivencias ajenas a la política, que en ocasiones ingresan al espacio político, siendo los candidatos individuos públicos y los hechos que tienen finalidades maquiavélicas, como la mayoría de las que uno percibe en la arena política diariamente. Si me apoyo en las palabras de Aristóteles, que señala que si quiero entender donde se encuentra el núcleo político del ser humano, “debo observar el camino que siguen las venas”, jamás hallaré la posibilidad de unirme al grupo que cree que no se pueden encajar muchos momentos vividos, en lo recientemente señalado. Hay situaciones que uno vive sin estrategias, sin buscar la consumación de algo previamente razonado, creo.
¿Tendrán ese criterio los candidatos, cuando votan por el amigo de coalición que no alcanzo a llegar a la sala, se arriman a la primera fila de un desfile militar solo por amor a la patria, optan por establecer sus sedes parlamentarias en lugares poco habituales o conversan del amor por su mujer en el canal católico?
Hace pocos días la política occidental ha sufrido una gran cantidad de eventos que refuerzan tal teoría. En Inglaterra, por primera vez en la Historia de ese país, fue separado de su cargo el presidente de la cámara de los comunes junto a otros cinco representantes de la cámara, al encontrar la malversación de fondos públicos que habían efectuado candidatos elegidos democráticamente.
En Chile, luego de un reportaje emitido por el canal estatal, se desenmaraño información de ciertos Diputados, que generan prácticas “no muy valoradas por la opinión pública”.
¿Toda esta información abrazara la apocalíptica tesis que estableció hace un par de años el sociólogo Richard Sennett, en su reconocido libro El declive del Hombre público?
Desde el punto de vista de la opinión pública juvenil chilena, los sucesos ocurridos, solamente acrecienta aun más la brecha de lejanía que existe entre la política y esta gran masa de personas. Es lo que se conoce en Ciencia Política como la “mala política”, cuando se hallan cierto tipo de acciones ejecutadas por representantes de la ciudadanía, que buscan intereses particulares, con maniobras poco nítidas que revelan un conjunto de prácticas realizada por políticos de todos los colores y matices, que son contrarias a la política que se quiere generar hoy en día, para un mejor país, como diría un demagogo.

Generemos política...ahora.